Materialismo histórico

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Benesdra en su neblina

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Hace 23 años Salvador Benesdra empujaba las letras de su máquina de escribir con tal fervor que sus circunstanciales compañeros en aquella casa de verano, en el balneario uruguayo de La Paloma, teníamos que rogarle que se abstuviera de trabajar por las noches porque era imposible dormir. Hace 23 años Salvador Benesdra se subía al púlpito de una iglesia y él, que era un ateo militante, con el torso desnudo, con su cuaderno sostenido en alto como si fuera la Biblia, nos daba un sermón histriónico que no llego a recordar, pero que tal vez fueran los cimientos fundamentales de la teoría del filósofo alemán ultraderechista Ludwing Brockner que estaba construyendo e imaginando para su primera novela. Hace 23 años el Turco, como le decía mi viejo y todos los que lo querían, entonaba eufórico La Internacional en alemán y en francés –como podría haberlo hecho Ricardo Zevi, su alter ego literario, el protagonista de El Traductor– parado en un jeep que regresaba desde Cabo Polonio, mientras el sol desaparecía detrás de los médanos. Seguir leyendo…

Sábados, por Borges

Jorge Luis Borges, writer

Afuera hay un ocaso, alhaja oscura
engastada en el tiempo,
y una honda ciudad ciega
de hombres que no te vieron.
La tarde calla o canta.
Alguien descrucifica los anhelos
clavados en el piano.
Siempre, la multitud de tu hermosura.
A despecho de tu desamor
tu hermosura
prodiga su milagro por el tiempo.
Esta en ti la ventura
como la primavera en la hoja nueva.
Ya casi no soy nadie,
soy tan solo ese anhelo
que se pierde en la tarde.
En ti esta la delicia
como esta la crueldad en las espadas.

Agravando la reja esta la noche.
En la sala severa
se buscan como ciegos nuestras dos soledades.
Sobrevive a la tarde
la blancura gloriosa de tu carne.
En nuestro amor hay una pena
que se parece al alma.


que ayer solo eras toda hermosura
eres tambien todo amor, ahora.

Otoño

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros…

Y algo que no se sabe y dice «nunca»
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.

Octavio Paz