John Berger

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No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje

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No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a su casa seres salvajes. Halcones con el ala rota. Otra vez trajo un lince rojo con una pata fracturada. Pero no hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted, Mr. Bell, si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo.

Truman Capote en Desayuno en Tiffany’s

El cuaderno dorado

“Idealmente, lo que debería decirse y repetirse a todo niño a través de su vida estudiantil es algo así: Están siendo indoctrinados. Todavía no hemos encontrado un sistema educativo que no sea de indoctrinación. Lo sentimos mucho, pero es lo mejor que podemos hacer. Lo que aquí se les está enseñando es una amalgama de los prejuicios en curso y las selecciones de esta cultura en particular.
La más ligera ojeada a la historia los hará ver lo transitorios que pueden ser. Los educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación.
A aquellos de ustedes que sean más fuertes e individualistas que los otros, los animaremos para que se vayan y encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta.”

 Doris Lessing

El hombre que amaba la vida

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Un libro que hay que leer. Porque es Padura, aunque bajo el prejuicio que no hay correspondencia entre Cuba y el trotskismo. Porque relata fielmente porqué el stalinismo fue el peor enemigo de la revolución, nacido en sus propias entrañas, producto de sus propias contradicciones. Pero sobre todo porque tiene que mostrar la arrolladora embestidura que tuvo que montar el stalinismo, para matar a un enemigo tan grande: León Trotsky.  Aunque Trotsky no hubiese elegido ser el Trotsky de Padura, y aunque el Requiem de Anna Ajmátova, quien nunca quiso ser bolchevique, sea un fantasma que sobrevuela toda la novela, desde su primer hoja, hasta en el nombre propio del capítulo final.

Apnea

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La pluma de Martín Kohan en Ciencias Morales es la punta de un cuchillo sobre la garganta, el instante en que se corta el aire en un profundo continuo, la interrupción de la respiración que te empuja la cabeza ligeramente hacia atrás, saliéndose apenas del eje del cuello, rompiendo el equilibrio, retrasándose la nuca, hasta que, por fin, llega el final, y volves a las inconcientes inhalaciones de oxígeno.

El museo de los esfuerzos inútiles

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“El espacio que queda entre la espada y la pared es exiguo. Si huyendo de la espada, retrocedo hasta la pared, el frío del muro me congela, si huyendo de la pared, trato de avanzar en sentido contrario, la espada se clava en mi garganta. Cualquier alternativa, pues que pretenda establecerse entre ellas, es falsa y como tal, la denuncio. Tanto el muro como la espada sólo pretenden mi aniquilación, mi muerte, por lo cual me resisto a elegir. Si la espada fuera más benigna que el muro, o la pared, menos lacerante que el filo de aquella, cabría la posibilidad de decidirse, pero cualquiera que las observe, comprenderá enseguida que sus diferencias son sólo superficiales. Sé que tampoco es posible dilatar mi muerte tratando de vivir en el corto espacio que media entre la pared y la espada. No sólo el aire se ha enrarecido, está lleno de gases y de partículas venenosas: además, la espada me produce pequeños cortes ‘que yo disimulo por pudor’ y el frío de la pared congestiona mis pulmones…. Si consiguiera escurrirme, la espada y el muro quedarían enfrentados, pero su poder, faltando yo entre ambos, habría disminuido tanto que posiblemente el muro se derrumbara y la espada enmoheciera. Pero no existe ningún resquicio por el cual pueda huir, y cuando consigo engañar a la espada, la pared se agiganta, y si me separo de la pared, la espada avanza. He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazón. En cuanto al muro, es verdad que a veces olvido que se trata de una pared de hielo y cansado, busco apoyo en él: no bien lo hago, un escalofrío mortal me recuerda su naturaleza. He vivido así los últimos meses. No sé por cuánto tiempo aún podré evitar el muro, la espada. El espacio es cada vez más estrecho y mis fuerzas se agotan. Me es indiferente mi destino: si moriré de una congestión o me desangraré a causa de una herida, esto no me preocupa. Pero denuncio definitivamente que entre la espada y la pared no existe lugar donde vivir.”

Cristina Peri Rossi