Benesdra en su neblina

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Hace 23 años Salvador Benesdra empujaba las letras de su máquina de escribir con tal fervor que sus circunstanciales compañeros en aquella casa de verano, en el balneario uruguayo de La Paloma, teníamos que rogarle que se abstuviera de trabajar por las noches porque era imposible dormir. Hace 23 años Salvador Benesdra se subía al púlpito de una iglesia y él, que era un ateo militante, con el torso desnudo, con su cuaderno sostenido en alto como si fuera la Biblia, nos daba un sermón histriónico que no llego a recordar, pero que tal vez fueran los cimientos fundamentales de la teoría del filósofo alemán ultraderechista Ludwing Brockner que estaba construyendo e imaginando para su primera novela. Hace 23 años el Turco, como le decía mi viejo y todos los que lo querían, entonaba eufórico La Internacional en alemán y en francés –como podría haberlo hecho Ricardo Zevi, su alter ego literario, el protagonista de El Traductor– parado en un jeep que regresaba desde Cabo Polonio, mientras el sol desaparecía detrás de los médanos. Seguir leyendo…

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