Otoño

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros…

Y algo que no se sabe y dice «nunca»
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.

Octavio Paz

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Un Leo: “Le robaba al patrón para hacer feliz a los niños”

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¿Quién era Leo para mi? ¿Quién era para cada uno y para todos, y para su clase? ¿Quién era Leo para la historia de los insurrectos?
Podemos decir muchas cosas. Pero desde ayer, y hoy, quiero decir una. Contar una anécdota.
Sabemos que Leo era un obrero, Leo era un revolucionario, Leo era un dirigente y un estratega, un intelectual y un artista, del arte de la insurrección. Un poeta. ¿Pero para qué y quiénes era Leo todo eso?
Leo era un obrero de Pepsico, esa multinacional de snack cada vez más inaccesibles, con figuritas de vistosos personajes, que acumula sus ganancias, a costa de que (entre miles de padecimientos) millones de trabajadores tengan que soportar la imagen cotidiana de sus hijos tirandole de sus ropas en las puertas de los “estandartes del consumo”, pidiéndole que les compren lo que ellos se ven impedidos de dar. Los condenados y condenadas a creerse el “Hoy no puedo”.
Entonces Leo, entre todo lo que hizo en esa emblemática fábrica robándoles horas y horas al patrón, conquistando parte del tiempo que le habían expropiado para fortalecer nuestra organización y la de su clase, también acumulaba figuritas. Juntaba las figuritas que venían en los snacks, que la mayoría de los niños deseaban y que no podían tener. Armaba paquetitos y los repartía.
El año pasado, un día llega Fer a casa y me dice: “Esto te manda Leo para Camila” (mi hija). Entonces tuve que sentar a Cami y explicarle quién era Leo, dónde trabajaba, porqué le mandaba las figuritas a los niños y niñas que sus padres y madres no se las pueden dar. Qué me unía a él.
Leo, usaba muy bien su tiempo, hasta le robaba al patrón (recuperando lo que en verdad antes le habían robado a él y los suyos) para hacer feliz a los niños.
Pero él no era ni un justiciero ni un individuo aislado lleno de caridad, porque él no hacía sólo eso. En esta anécdota expresa que él se organizaba y recuperaba su tiempo, no para que un niño más o menos sea feliz, sino que lo hacía construyendo una proyección de futuro con la única estrategia viable para alcanzarlo. Para que todas las nuevas generaciones del porvenir tengan el libre acceso a toda creatividad humana, y también a todas las “figuritas”.

Ese era Leo; el Leo que elijo y con el cual me quedo. Mañana le voy a explicar a Camila lo que pasó con vos, y porqué estoy enojada y tan triste. Pero esa es una necesidad mía. Ella no necesita que le explique nada, porque en esa sonrisa que le sacaste aquel día, te conoció. En un hecho entendió quién sos vos, un poco quién soy yo y a qué le dedico mi tiempo cuando no estoy. Y comprendió mejor a todos esos “deleirantes” que me rodean. Porque lo que compartimos en última instancia es una vida en común, que por su estrategia, tiene trascendencia, incluso más allá de la muerte. Y allí yace, el apaciguamiento de mi dolor.

Virginia Go o como me decías vos: “tu amiga a la distancia y a través de ese gran amigo en común que tenemos”

Adiós al artista

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“Que en este recuerdo al poeta no haya nada que nos abata o nos haga perder valor. El resorte que tensa nuestra época es incomparablemente más poderoso que nuestro resorte personal. La espiral de la historia se desarrollará hasta el fin. No nos opongamos a él, sino que ayudémosle con toda la fuerza consciente de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad. Preparemos el porvenir. Conquistemos, para todos y para todas, el derecho al pan y el derecho a la poesía”. León Trotsky