Isabel Núñez

Dibujo barca

Tal vez me equivoque, por supuesto, pero al menos habré vivido sin someterme a todo aquello en lo que no creo, a la brutalidad, al dolor, a unos riesgos y unos efectos secundarios desproporcionados y a la falta absoluta de respeto por lo humano e individual. Y espero que me curaré. Y no me siento en la desolación ni en la fealdad, sino en un territorio extraño, distinto, una especie de valle perdido e insólito donde leo como nunca había podido leer, pienso, contemplo la luz y los pájaros y corrijo un libro acabado para no desconectar de la escritura y poder tal vez luego reunir fuerzas para encontrar el tono y escribir esa novela que sólo está vagamente en mi mente y que aún no sé si deseo o no escribir. La belleza no ha desaparecido, sino que sigue por aquí cerca, en múltiples formas. Y no sólo las películas, sino los libros, que fueron mis primeros compañeros en una infancia donde la soledad era completa (excepto por el paisaje y la belleza y los pájaros), siguen conmigo generosamente, hablándome desde todos los tiempos.
(…)
Como decía, anoche me subió la fiebre, por razones que descubrí más tarde. Mi delgadez es tan extrema que el termómetro de mercurio no se me sujetaba bajo el brazo y al fin tuve que recostarme y quedarme quieta para que no se me cayera y rompiera. Pobre calaverita, me digo a veces, cuando sorprendo mi cara demacrada y espectral en el espejo. Aunque mis amigos siguen viéndome esa luz que yo no veo. ¿Pero qué vemos en los otros? ¿Acaso no vemos también el ser del pasado, el que fue en otro tiempo? Si no, ¿cómo podría existir a veces el deseo? También seguimos pensando en nosotros como los que fuimos, sin edad, sin darnos del todo cuenta del tiempo transcurrido. Salvo cuando ocurren mutaciones como la mía, tan salvajes que cada mañana es una sorpresa reconocerme aún en esta guisa. Nada de esto importaría si de verdad yo pudiera, antes de Navidad, bailar sobre las rocas.
(…)
Escribo. Cuando puedo, cuando tengo fuerzas y estoy sola, escribo. Escribo como Rufus duerme. Escribo ese libro extraño y desestructurado, ahora ya con su working title, lo cual es un alivio para mí: poner nombre a las cosas. Fotografío el cielo, como un arma contra la tristeza, que a veces se adhiere al cuerpo como una costra, como esta mañana, por el dolor, que me devuelve a la dureza de estos tiempos míos. Las nubes forman a veces masas luminosas, extrañas floraciones, tonalidades insospechadas. Hace noches que no veo las estrellas: pacificada y en plena aceptación de lo que vendrá, duermo algo mejor. Me despierto pero no voy a la sala. La primera noche, Rufus, extrañado, saltó sobre mi cama a las cuatro. Ahora ya lo sabe; ha habido un cambio y ya no me espera.”

Crucigrama (fragmentos)

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