Cuatrocientos hilos

Y me pregunté quién era. Quién habitaba en mí. Ojeé el espejo, y me vi tan distante, que me asusté.
Corrí bajo las sábanas blancas, las de los cuatrocientos hilos, que pesan sobre el cuerpo.
Y sentí la brisa, el oxígeno, volé. Allí estabas, tiezo.

– ¿Por qué te escondes si te veo desde aquí?
– ¿Acaso no es más lindo recorrer el camino de los hilos y algodones? ¿Acaso no prefieres la espuma de los cuerpos?
Ven, te espero. ¡Aquí! !Ven¡ Que no me fui.

Sólo corría sobre tu piel.

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