La relación entre el Águila y el León

Aporte de mi amiga C. M.

<En aquellas conversaciones Breton sostenía la necesidad de hacer una distinción capital: los intelectuales de izquierda que habían vinculado su pensamiento al experimento soviético cometían un grave error de concepto, pues no era lo mismo marchar al lado de una clase revolucionaria que a la zaga de una revolución victoriosa, más cuando esa revolución era representada por un nuevo estrato empeñado en estrangular la creación artística con una mano totalitaria… Pero a pesar de las acusaciones de los estalinistas, su propio alejamiento del partido no era una ruptura con la revolución y menos aún con los obreros y sus luchas, decía. Su gran controversia con Liev Davidovich giró entonces en torno a un concepto que ambos consideraban básico establecer claramente y sobre el cual la posición del exiliado era terminante y no negociable <Todo está permitido en el arte> Al escucharlo, Breton había sonreído y mostrado su acuerdo, pero solo si se añadía una precisión esencial: todo, menos que atente contra la revolución proletaria. (…) Unos días después tuvieron una conversación menos amable y de muy extrañas consecuencias. (…) Liev Davidovich recibió la noticia de que se había producido en Breton un fenómeno fisiológico inusual: había caído en una especie de parálisis general. Apenas conseguía moverse, no podía escribir y quedó afásico. Pero, para Van Heijenoort, Liev Davidovich había sido el único culpable del congelamiento físico e intelectual de Breton: el secretario los llamaba “el soplo de Trotsky en la nuca” y, decía, era capaz de paralizar a cualquiera que se relacionase con él pues, según Van Heijenoort, andar a su lado resultaba muy difícil: su modo de vivir y de pensar desataban una tensión moral casi insoportable. Liev Davidovich no se daba cuenta porque se hacía exigencia a si mismo desde hacía muchos años, pero no todos podían vivir día y noche enfrentad0s a la suma de los poderes del mundo: al fascismo, al capitalismo, al estalinismo, al reformismo, a los imperialismos, a todas las religiones y hasta al racionalismo y el pragmatismo. Si un hombre como Breton le confesaba que el estaba fuera de su alcance y se quedaba paralizado, Liev Davidovich tenía que entenderlo: el culpable no era Breton sino el camarada Trotsky que había resistido lo que habia tenido que resistir en esos años porque era un animal de otra especie… >

Selección del Libro ‘El hombre que amaba los perros’, de Leonardo Padura

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