Allons ensemble, découvrir ma liberté
“el trabajo de pensar se despliega en el borde entre lo conocido y lo por conocer, allí donde conocer no es imagen precisa sino movimiento”
“La infancia es una pesadilla que la modernidad ha construido pacientemente”
El docente como ejemplo de conducta
“Además de portar las tecnologías específicas, el docente debe ser un ejemplo -físico, biológico, moral, social, epistémico, etc.- de conducta a seguir por sus alumnos. Adoptó entonces funciones de redención de sus alumnos, bajo la lógica del poder pastoral, y el colectivo docente fue interpelado como ‘sacerdote laico’. Se puso un peso muy importante en su accionar, por lo que el maestro debía ser un modelo aún fuera de la escuela, perdiendo así su vida privada, que quedó convertida en pública y expuesta a sanciones laborales.
Junto con esto se presentan condiciones de trabajo deficientes -salariales, sobreexplotación, horas y jornadas laborales no pagas, etc.- y retribuciones “superiores” no materiales. Esta ‘vocación forzada’ condujo a la femenización de la profesión docente.”
Pablo Pineau en La escuela como máquina de educar
La escuela
“Fuera de la escuela, en plena libertad, al aire libre, se establecen entre los alumnos y el maestro relaciones nuevas, en las que reinan la mayor franqueza de conducta, la confianza más grande, las mismas relaciones que nos parece deben ser como el ideal al que debe tender la escuela.”
León Tolstoi en La Escuela de Yásnaia Poliana
Una dedicatoria
De la serie de hechos inexplicables que son el universo o el tiempo, la dedicatoria de un libro no es, por cierto, el menos arcano. Se la define como un don, un regalo. Salvo en el caso de la indiferente moneda que la caridad cristiana deja caer en la palma del pobre, todo regalo verdadero es recíproco. El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo.
Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio.
Jorge Luis Borges a María Kodama
